(El Castillo de San Fernando, 2016)

No soy mucho de ver la tele. De hecho, me pongo de los nervios cuando estoy haciendo cualquier cosa en el sofá (leyendo, escribiendo, navegando por la web, mordiéndome las uñas de los pies…) y está el televisor encendido de fondo. En los únicos ratos que suelo ver la tele son durante el almuerzo y la cena, para ver las noticias (y después tener de algo sobre lo que hablar por esos lares).

El caso es que hace unos días, emitieron un reportaje sobre las nuevas enfermedades que están provocando las nuevas tecnologías y me llamó especialmente la atención una patología llamada “Nomofobia”: dícese de la ansiedad o angustia provocada por la ausencia del teléfono móvil. Hablamos de un cuadro clínico, tratado y estudiado por hombres de bata blanca, que se produce en el 60% de los españoles de una edad comprendida entre los 16 y 45 años. Una enfermedad (porque ahora podemos tildarla como tal) que se extiende a ritmo de tambor entre todos nosotros. Y claro está, que no escribiría estas líneas si no me viese identificado en todo este panorama de dependencia que está creando estos malditos dispositivos. Supongo que todos mis lectores son gente de bien (con su férrea personalidad, principios y todas esas cosas), pero el que escribe estas líneas no deja de ser un simple ciudadano más, simple, mentecato y de vicios fáciles.

De lunes a viernes, a las 6:25 me suena la alarma del teléfono móvil, por lo que lo primero que veo al abrir los ojos todos los santos días es este dichoso aparato. Mientras desayuno, leo las noticias en el móvil (ya les he dicho que no soy de televisor) y durante el resto del día, no exagero si les digo que miro la pantalla de 4 pulgadas con un frecuencia media de diez minutos para ver si me ha legado algún mensaje. Me despierto con el móvil, desayuno con el móvil, paseo con el móvil, como con el móvil, tomo café con el móvil, trabajo con el móvil, estudio con el móvil, cago con el móvil y, como no podía ser de otra manera, me acuesto en la cama con el móvil en las manos.

Un estilo de vida que he adquirido inconscientemente en apenas un par de años y que ahora, se me antoja desproporcionado y de interés mundial. No dudaría, incluso, en encuadrar este tipo de comportamiento al nivel de las adicciones y las dependencias. Si uno pasea por la calle (y no tiene la mirada clavada en la pantalla táctil) puede comprobar que la mayoría de los jóvenes están con la cabeza gacha, prisioneros del dispositivo electrónico. Cada vez es más común ver a personas sentadas en la misma mesa para comer y solo hacer caso al móvil, situaciones sociales donde el protagonista no son ni las reuniones ni la compañía humana, sino la utilización cuasi enfermiza de comunicarse mediante smartphones.

Whatsappitis, Phubbing, Nomofobia, FOMO (Fear of Missing Out), Selfitis … todas enfermedades del día a día y que sufrimos muchos de nosotros, sin que les tomemos la atención o la importancia que merecen. Adicciones que llevan de la mano a toda la sociedad y las generaciones futuras a la deshumanización, a que se pierda el calor del apretón de manos, el cruce de miradas, los flechazos a primera vista, las conversaciones, las risas en el café, los abrazos, la atención, el roce (y con él el cariño). Un camino que yo, personalmente, no quiero que sigan los que vienen detrás de mí.

Levantemos la cabeza de la maldita pantalla táctil y miremos de frente a la vida, recuperemos el tiempo que hemos perdido inmersos en las garras de la tecnología enfermiza. Aún estamos a tiempo de rectificar, de dominar a las máquinas para nuestro beneficio sin darles opción a que ellas nos dominen a nosotros.

Estoy seguro que me van a perdonar, pero tengo que dejarles. Creo que me ha vibrado el teléfono móvil. Seguro que se trata de algo importante.

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