(San Fernando Información, 2016)

Los que me han leído más de una vez ya me van conociendo. Soy asiduo, casi adicto podría decir, a sentarme por las tardes en alguna terraza para tomarme un café. Estoy seguro de que no me tildarán de mentiroso si les digo que a este “invierno” se le ha olvidado el color grisáceo de las nubes y la lluvia. Esto tiene una parte mala (que las papas del campo no crecen, como decía mi abuelo) y otra buena, como por ejemplo, que en esta estación del frío escondido he podido seguir disfrutando de esta extraña afición: la de tomarme el café mientras leo, escribo, o veo la gente pasear por la calle Real.

Fue este jueves pasado, a eso de las cinco de la tarde, cuando un hombre de color se paró en una de las esquinas que cruzan con la calle principal de nuestra ciudad y comenzó a sacar sus herramientas. Puso un cojín en el suelo, extendió un trozo de cartón con palabras llenas de faltas de ortografía y se puso de rodillas.

Lo que me llamó especialmente la atención fue la naturalidad y la frialdad con la que llevaba a cabo todo este ritual mendiguero. Totalmente limpio, sin indicio alguno de que estuviese ligeramente desnutrido ni de que hubiese pasado, al menos, una mala noche al raso. Este señor comenzó a pedir limosna con una tonada (en un acento africano totalmente forzado) que se repetía cada cuatro segundos (sin importar si había o no alguien paseando por el lugar en ese momento).

Muchos de ustedes me habrán puesto ya vestido de limpio por la frialdad de mis palabras. ¿Cómo se puede hablar así de un vagabundo?¿De alguien que no tiene para comer? (Al menos, eso es lo que aseguraba en el cartón pintarrajeado).

Pues verán ustedes, en mi defensa he de decir que después de todo no soy tan mala gente como piensan. Escribo todo esto porque hubo un momento en que este “mendigo” se sacó del bolsillo un móvil y se lo puso en la oreja. Apenas había unos quince metros entre la mesa donde me encontraba y la esquina en cuestión, donde aquel señor se encontraba de rodillas. Lo que vi, me dejo de una pieza. Sin saber si seguir tomando el café o echármelo por encima.

En el aparato que aquel señor tenía apoyado sobre la oreja había una manzana mordida. Se trataba de un iPhone (para los menos modernos). Sí. De esos que cuestas unos setecientos u ochocientos euros.

Podrán comprender que me dio mucho que pensar. Yo, que tengo mi trabajo, mi sueldo a fin de mes y todas esas cosas, ahorro como puedo para intentar darme de vez en cuando algún capricho de este tipo (y he de reconocer que ni así puedo permitirme uno de estos aparatos del diablo). Me cuesta mucho comprender que alguien que se tira a la calle, que no tiene nada que echarse a la boca, tenga un iPhone para hablar con sus colegas (en la conversación se le veía animado, como si estuviese quedando para hacer botellona por la noche, o se estuviese cachondeando de todos los que transeúntes que se agachaban para echarle una moneda en una muestra de humanidad).

Y ya lo sé. Esto son temas delicados. Me juego el pellejo cuando escribo sobre este tipo de asuntos porque seguro que habrá personas que defiendan a raja tabla los derechos humanos. Claro que este señor tiene derecho a tener un móvil de última generación (ahora habrá alguien que empiece a decir que la he tomado con este caballero porque es de color), todos somos libres para hacer lo que nos apetezca con nuestras vidas, nuestro dinero y nuestra dignidad.

Claro que sí. Faltaría más.

Calle San Diego de Alcalá, esquina con la Calle Real, junto al ayuntamiento.  No sé si se pondrá ahí todos los días. Pero si quieren pasarse por allí, aprovechen para hacerse un selfie con este señor. No dejen pasar la oportunidad. Yo aquí, a punto de terminarme el café me lo estoy pensando, no se crean. Seguro que su móvil tiene más megapixeles que el mío.

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